Quechuas y aimaras

Hablar de quechuas y aimaras es quizá el ejemplo más típico de neocolonialismo. Es injustificadamente extranjerizante, dando la espalda por una parte a las tradiciones nacionales y por otra dando preferencia a estudios anticuados y superficiales.

Que es extranjerizante es fácil de colegir. Cuando hace medio siglo en Cochabamba hablar quichua era más común que ahora, se decía quichua y no quechua. Aclararé que decir quechua no es incorrecto, porque en ese idioma la e y la i son intercambiables. Pero aunque no sea incorrecto lo tradicional ha sido decir quichua. Por ejemplo, en el diccionario del siglo XVII compilado por Diego Gonzalez Holguín, dice que es de “la lengua quichua o del Inga”; en ninguna parte dice quechua. Del mismo modo, lo tradicional desde antiguo ha sido decir Cochabamba; así que tanto quechua como Cochapampa son inventos. ¿Quiénes dicen quechua?

 Pues usualmente los que no saben hablar quichua. En mi memoria el último presidente que arengaba en quichua fue Barrientos.

 También hablar de aimaras es un extranjerismo, aunque es una modalidad con algún arraigo desde hace más de un siglo. Por suerte no se les ha dado por decir aimará, lo que es un argentinismo, porque en aimara, como en quichua, no hay acentos.

 En el siglo XIX, la gente del campo en la zona andina boliviana abandonó el darse nombres étnicos. Daré ejemplos. Los de la provincia de Pacajes en el departamento de La Paz eran considerados pacajes; por eso era la provincia de los pacajes. Una fracción de los pacajes fue incorporada a la provincia de Ingavi, con las localidades de Jesús, Andrés y Santiago de Machaca.

 La provincia de los omasuyus fue fragmentada, formándose las provincias de Los Andes y la de Camacho. Los larecajas quedaron con la provincia Larecaja, como en Potosí los charcas quedaron en la provincia Charcas y los chichas y lípez en las actuales provincias de Nor y Sud Chichas, y Nor y Sud Lípez. Aclararé que los lípez antiguamente hablaban lengua propia, con acentos en las palabras. Orinoca queda en la provincia de Carangas, que propiamente fue de los carangas. Los carangas son de habla aimara, pero nunca fueron aimaras.

 El aimara es una lengua del centro del Perú, como lo es el quichua. El quichua parece haberse propagado en diferentes momentos del pasado histórico, pero sobre todo con el imperio incaico y luego durante el período colonial español. La lengua aimara está a la defensiva desde hace siglos, reemplazada primero por el quichua y actualmente por el castellano. El idioma aimara parece haber ingresado a lo que ahora es territorio boliviano antes del imperio incaico, reemplazando a la lengua de estas tierras, que fue el puquina.

 Me imagino que fuera de alguna excepción, el lector nunca oyó decir estas cosas, pero le diré que lo usual es escoger alguna idea artificial y de preferencia foránea si tiene el encanto del neocolonialismo.

 El hablar de quechuas y aimaras lo puso de moda a fines del siglo XIX el estadounidense Daniel Brinton. No quiero criticar su obra, constreñida por el modo de pensar de su época. Ni Brinton ni los que lo leían, fuera de excepciones claro está, leían las crónicas de españoles y andinos, así que no sabían nada de estas tierras. Ese desconocimiento tiene prestigio, con maliciosidad diré que Brinton lo que quiso hacer es una catalogación de las lenguas indoamericanas de las que tuvo conocimiento y, siguiendo ideas de su época, partió del principio de que cada lengua representaba un pueblo. No es así. Las lenguas tienden a identificar a los pueblos, pero también son unidades culturales autónomas, independientes de las etnias o naciones. Por ejemplo, un ciudadano de Singapur que tenga al inglés como su lengua madre no es por eso británico ni anglosajón; usualmente es de origen chino. Se pueden repetir los ejemplos, que lo único que hacen es certificar que poca ciencia crea disparates.